Al día siguiente, Bianca llegó a la empresa a primera hora.
Vestía un traje sobrio, impecable, de esos que no necesitaban llamar la atención para imponer respeto. Caminó por el lobby con paso firme, saludando apenas con una leve inclinación de cabeza. Todo parecía normal. Demasiado normal.
Subió directo a su oficina y, pocos minutos después, Laura entró con una tablet bajo el brazo y una carpeta gruesa en la otra mano.
—Buenos días, Bianca.
—Buenos días, Laura —respondió ella mientras dejaba el bolso sobre el escritorio—. Empecemos.
Laura no perdió tiempo. Activó la tablet y proyectó los informes en la pantalla de la pared.
—Revisé nuevamente todas las cuentas —dijo—. Las principales, las secundarias y las operativas. No hay movimientos sospechosos desde ayer.
Bianca se sentó con calma, cruzó las piernas y observó los números con atención.
—¿Nada? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—Nada —confirmó Laura—. Ni un solo desvío. Los fondos del proyecto siguen intactos. Todo está… lim