Al día siguiente, Bianca llegó a la empresa a primera hora.
Vestía un traje sobrio, impecable, de esos que no necesitaban llamar la atención para imponer respeto. Caminó por el lobby con paso firme, saludando apenas con una leve inclinación de cabeza. Todo parecía normal. Demasiado normal.
Subió directo a su oficina y, pocos minutos después, Laura entró con una tablet bajo el brazo y una carpeta gruesa en la otra mano.
—Buenos días, Bianca.
—Buenos días, Laura —respondió ella mientras dejaba el