Bianca llegó a la vieja casa justo cuando el sol comenzaba a elevarse y a pintar las calles de un dorado tenue. Aún llevaba en el cabello el aroma del polvo de la vivienda donde había pasado la noche junto a Luciano y Mateo. Caminó con paso firme, aunque por dentro estaba agotada. Apenas había dormido. El colchón duro, los crujidos de la madera, la herida de Luciano y los pensamientos constantes la habían mantenido despierta casi toda la noche.
Respiró hondo antes de abrir la puerta.
Y allí estaba Francisca, sentada en la sala como un centinela. Sus brazos estaban cruzados sobre el pecho, la mirada clavada en Bianca desde el minuto en que asomó la cabeza.
—¿Dónde pasaste la noche? —preguntó sin rodeos—. ¿Por qué no has estado aquí?
La voz sonaba preocupada, pero Bianca sabía leer entre líneas: preocupación no era, sino control. Desde que su madre murió, Francisca había intentado apropiarse de todo: la casa, las decisiones, incluso de Bianca misma.
Bianca mantuvo la calma.
—No te preoc