La calma en el convento se rompió como un vidrio bajo presión.
Apenas despuntó el alba, un estruendo sacudió el ala norte. Elena y Sor Teresa salieron corriendo de la capilla, seguidas por varias hermanas. Jacinto ya estaba allí, tratando de contener las llamas que devoraban parte del almacén.
—¡Gasolina! —gritó—. ¡Alguien lo hizo a propósito!
Dante apareció como una sombra entre el humo, con el rostro tenso y los ojos afilados. No había duda: el ataque era un mensaje. Vittorio había dejado de