La lluvia caía con fuerza, golpeando los ventanales del convento como si quisiera arrancar sus secretos. El cielo de Nueva Orleans, pesado y eléctrico, parecía contener el mismo torbellino que vibraba en el pecho de Elena.
Cruzó los pasillos descalza, con el hábito recogido, el corazón en la garganta. Nadie la vio. O quizá sí, pero nadie se atrevió a detenerla.
Abrió la puerta del invernadero y fue recibida por el perfume embriagador de la tierra mojada, los jazmines y las orquídeas nocturnas.