El amanecer en el convento de Santa Clara llegó envuelto en una calma extraña. La lluvia había cesado, pero el suelo aún olía a humedad, y las nubes se arrastraban perezosas por el cielo gris de Nueva Orleans. En el comedor, las hermanas desayunaban en silencio, sorbiendo té y pan seco. Todo parecía normal… pero no lo era.
Elena se sentó en su lugar habitual, con la mirada baja, el rostro pálido y el corazón aún galopando bajo el hábito. A su lado, Sor Teresa la observó con detenimiento. No dij