Elena se encontraba sentada en el jardín interior del convento, bajo la sombra de una vieja higuera. El aire olía a tierra mojada y a lavanda. Sostenía un rosario entre los dedos, pero no rezaba. Su mente estaba en otra parte.
Lucía, su amiga de la infancia y compañera en la orden, se acercó con pasos ligeros y una mirada preocupada.
—Te he estado buscando —dijo, sentándose a su lado.
Elena levantó la vista, los ojos cafés encendidos con algo que no era miedo, ni paz. Era algo nuevo. Lucía lo n