El alba llegó teñida de gris. No hubo canto de aves ni campanas para anunciar la mañana. Solo el silencio inquietante de algo que estaba a punto de romperse. Elena despertó sintiendo el cuerpo liviano pero el alma pesada. Dante ya no estaba a su lado. Había dejado el crucifijo de madera que él mismo había tallado sobre la mesa, junto a una nota doblada con letra firme:
“Si me quedo, te condeno. Si me voy, tal vez te salve. Perdóname.”
Elena apretó la nota contra el pecho. No lloró. No aún. Porq