La tensión se había vuelto rutina. El convento, antaño refugio de oración, parecía ahora un cuartel encubierto. Tras el ataque nocturno y la amenaza anónima, Sor Teresa ordenó vigilancia constante. Jacinto reforzaba puertas, Teo organizaba rondas. Las hermanas rezaban más, pero con miedo.
Dante Caravaggio, aún con el costado vendado, recorría los pasillos en silencio. Su sombra se alargaba bajo la luz de los vitrales. No era solo el dolor físico lo que lo carcomía: era la certeza de que su tiem