El convento de Nuestra Señora del Silencio ya no tenía silencio. Las campanas repicaban como gritos, las paredes se sentían más estrechas, los rezos más temblorosos. Desde la aparición del tío de Dante, todo había cambiado.
Sor Teresa convocó a una reunión urgente. Jacinto, Teo, las hermanas mayores y Dante —aún bajo la identidad del padre Mateo— se sentaron en el comedor principal.
—Este sobre negro no es solo una amenaza —dijo ella, mostrando la foto de Dante y Elena abrazados en la capilla—.