El amanecer trajo consigo un cielo gris y pesado. Las campanas del convento apenas sonaron cuando Dante ya estaba despierto, caminando por los jardines con el sobre que Alexander le había enviado la noche anterior. Sus ojos recorrieron las líneas marcadas en el mapa, las rutas ocultas, los puntos débiles del perímetro. Cada detalle confirmaba lo mismo: Vittorio estaba cerca. Demasiado cerca.
En la oficina de Sor Teresa, la tensión se podía cortar con un cuchillo.
—Tres de tus antiguos hombres —