Elena caminaba por el claustro con el rosario entre los dedos. Las cuentas de madera resbalaban entre ellos como si quisieran escapar. Cada oración parecía un susurro ahogado entre los muros de piedra. Y sin embargo, su alma estaba en silencio. No por paz, sino por confusión.
Había amado a Dios con fervor. Había creído que su destino estaba entre cánticos y votos. Pero ahora… el rostro de Dante ocupaba sus noches, su respiración, su cuerpo entero.
En el jardín, Lucía la esperaba bajo el limoner