El taller “Voces Rotas” comenzó un jueves por la tarde con solo seis jóvenes.
Lucía había diseñado el espacio con mucho cuidado: luces cálidas, cojines en el suelo en lugar de sillas, té caliente y una regla sagrada: nadie estaba obligado a hablar. Quien quisiera hacerlo, podía hacerlo. Quien no, solo escuchaba.
Entre los seis jóvenes había tres chicas y tres chicos. El más joven tenía 15 años y el mayor, 21.
Lucía se sentó en el suelo con ellos y habló con voz suave pero firme:
—Este taller no