Seis meses después.
La biblioteca había vuelto a su ritmo habitual. Los niños llegaban por las tardes a leer cuentos, los ancianos se sentaban en el rincón de lectura con sus periódicos, y el olor a café recién hecho flotaba en el aire todas las mañanas.
Mateo ya no trabajaba solo como guardián. Ahora era el encargado oficial de la biblioteca junto a Sara. Luna había sido ascendida a bibliotecaria auxiliar y pasaba sus días entre estanterías y recomendaciones de libros.
Esa mañana de primavera,