Tres años y medio después.
La casa de Mateo y Johanna estaba llena de vida. La pequeña Valeria Johanna, de casi tres años, corría por el jardín persiguiendo mariposas con su vestido blanco ondeando al viento. Su risa era clara y contagiosa, igual que la de su madre.
Mateo observaba desde el porche, con una taza de café en la mano y una sonrisa tranquila en el rostro. Johanna estaba sentada a su lado, con la cabeza apoyada en su hombro y una mano sobre su vientre, donde crecía su segundo hijo.
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