Doscientos treinta años después de que Lucía rompiera el ciclo, el Jardín de las Diez Generaciones ya no era solo un lugar físico. Se había convertido en un símbolo que vivía en el corazón de miles de personas alrededor del mundo. La biblioteca Valeria Solís seguía siendo el centro, pero las rosas blancas ahora se plantaban en parques, en hogares y en centros de sanación de diferentes países, como semillas que el viento del perdón había esparcido.
Victoria Rivera Solís, de sesenta y ocho años,