Quince años después de la partida de Lucía, la biblioteca Valeria Solís había crecido más allá de lo que cualquiera de las generaciones anteriores hubiera imaginado.
El edificio original se había ampliado con dos alas nuevas: una dedicada a la biblioterapia para niños y otra para talleres de escritura terapéutica. El Jardín de las Cuatro Generaciones ya no era solo un rincón interior; se había convertido en un verdadero jardín abierto al público, con senderos de grava blanca, bancos de madera y