Mateo despertó con un dolor de cabeza brutal. La luz del sótano le molestaba en los ojos. Tardó varios segundos en recordar dónde estaba y qué había sucedido. Cuando finalmente lo hizo, se incorporó de golpe.
Doña Rosa estaba sentada en una esquina, con la espalda apoyada contra la pared y el rostro extremadamente pálido. Respiraba con dificultad.
—¿Estás bien? —preguntó Mateo con voz ronca.
La anciana tardó en responder.
—He estado mejor… —susurró—. Ese viaje astral consume mucha energía. Sobr