El sótano quedó en un silencio pesado después de que la figura de Kael desapareciera. Solo se escuchaba la respiración agitada de Mateo y el llanto suave de la pequeña Valeria, que aún temblaba en brazos de su madre.
Johanna se arrodilló junto a Mateo, presionando un trapo limpio contra su mano herida.
—Estás sangrando mucho —dijo con voz temblorosa—. Tenemos que curarte.
Mateo negó con la cabeza, todavía mirando el centro del círculo donde la luz plateada de Valeria se había apagado.
—No hay t