La cabaña en la montaña ya no se sentía como un refugio. Se sentía como una trampa.
Mateo estaba de pie junto a la ventana, mirando el bosque oscuro. La pequeña Valeria dormía en la habitación del fondo, abrazada a su osito. Johanna estaba sentada en la mesa, con las manos temblando mientras sostenía una taza de té que ya se había enfriado.
—¿Cuánto tiempo más podemos quedarnos aquí? —preguntó Johanna en voz baja.
Mateo no se giró.
—No mucho. Kael ya nos encontró. Lo sentí anoche. Y Doña Rosa d