La cabaña en la montaña ya no se sentía segura.
Mateo había reforzado las ventanas con tablones y colocado sal y hierbas que Doña Rosa le había dado alrededor de la propiedad, pero sabía que eran medidas temporales. Kael no era un espíritu cualquiera. Era algo mucho más antiguo y paciente.
Johanna estaba sentada en la cama, abrazando a la pequeña Valeria que dormía inquieta. Tenía ojeras y su mano no dejaba de acariciar el vientre donde crecía su segundo hijo.
—¿Cuánto tiempo más podemos quedar