El cuarto día amaneció con un cielo plomizo que parecía presagiar lo inevitable.
Lucía no había dormido más de dos horas. Se pasó la noche caminando de un lado a otro dentro de la biblioteca cerrada, con la marca negra avanzando lentamente por su cuello como una enredadera viva. Cada vez que se miraba en un reflejo, veía cómo los pétalos negros ganaban terreno.
Su madre estaba sentada en el tercer piso, rodeada de todos los documentos antiguos que habían encontrado. Tenía los ojos rojos y la vo