El tercer día amaneció bajo una lluvia fina y constante que parecía no querer parar nunca.
Lucía estaba parada frente al espejo del baño de la biblioteca, sin camisa, observando horrorizada cómo la marca negra se había extendido durante la noche. La rosa ya no estaba solo en su muñeca y espalda. Ahora cubría completamente su hombro izquierdo, parte de su clavícula y comenzaba a descender por su pecho en forma de finas venas negras.
Tocó la marca con dedos temblorosos. Estaba caliente. Palpitaba