La biblioteca estaba en completo silencio cuando llegaron esa noche.
Mateo cerró la puerta principal con llave y miró a su familia. Johanna sostenía a la pequeña Valeria en brazos. La niña estaba despierta, con los ojos muy abiertos, pero no lloraba. Daniel caminaba detrás, sujetando la mano de su madre.
Doña Rosa ya los esperaba abajo, en el sótano. Había preparado el círculo con sal negra, velas rojas y el grimorio abierto sobre la mesa.
—Tenemos que hacerlo esta noche —dijo la anciana sin pr