El segundo día comenzó con un silencio que pesaba más que cualquier ruido.
Lucía despertó en el Rincón de los Tres con la mejilla apoyada contra el suelo frío. La rosa negra seguía allí, cerrada, casi inocente. Pero la marca en su muñeca izquierda palpitaba con fuerza, como un segundo corazón.
Se incorporó lentamente. Su madre ya no estaba en el sillón. Un olor a café y pan recién hecho subía desde la pequeña cocina que tenían en la parte trasera de la biblioteca.
Lucía miró su muñeca. La rosa