Lucía no durmió esa noche.
Se quedó sentada en el Rincón de los Tres hasta el amanecer, con el relicario negro entre las manos y la mirada fija en la rosa negra que ahora dominaba el espacio. Su madre se había quedado dormida en el sillón de Mateo, exhausta después de todo lo ocurrido.
A las 6:17 a.m., Lucía tomó una decisión.
Se levantó, cubrió a su madre con una manta y subió al tercer piso. Allí, en el escritorio principal, encendió su laptop y comenzó a escribir. No era un diario. Era una l