Nueve meses después.
La casa estaba en silencio, salvo por el suave llanto de un recién nacido que se escuchaba desde la habitación principal. Mateo caminaba de un lado a otro con Daniel en brazos, tratando de calmarlo. El bebé tenía solo tres semanas y ya demostraba un carácter fuerte, igual que su hermana mayor.
Johanna descansaba en la cama, exhausta pero feliz. Luna (la niña mayor) estaba sentada a su lado, mirando con fascinación a su hermanito.
—Papá, ¿por qué llora tanto? —preguntó Luna