Mateo registró todo el apartamento en menos de un minuto. Revisó cada rincón, abrió los closets, miró debajo de la cama. Nada. Solo encontró a Valeria parada en el mismo lugar, pálida y temblando.
—No hay nadie —dijo él, guardando la pistola—. ¿Con quién hablabas, Val?
Ella se mordió el labio. No podía contarle la verdad. Nadie normal creería que un hombre salido de la nada se había sentado en su sofá como si fuera su dueño.
—Pensé que había entrado alguien —mintió—. Debió ser el viento en la ventana.
Mateo la miró fijamente. Sabía que estaba mintiendo, pero no la presionó.
—Duerme en mi casa esta noche —dijo en un tono que no admitía discusión—. Tengo habitación de huéspedes. No voy a dejarte sola aquí.
Valeria quiso negarse, pero la idea de quedarse sola otra vez con esa presencia la aterró. Asintió en silencio.
Mientras Mateo la esperaba en la sala, ella fue al baño a cambiarse. Al mirarse en el espejo, la marca en su mejilla estaba más oscura, casi como si brillara. Tres líneas perfectas. La huella de Kael.
Se tapó con un poco de maquillaje y salió.
En el auto, Mateo puso música suave para romper el silencio. No habló hasta que llegaron a su casa, una pequeña pero acogedora vivienda en las afueras del pueblo.
—Puedes quedarte el tiempo que necesites —dijo mientras abría la puerta—. No me molesta.
Valeria entró. El lugar olía a café y madera limpia. Todo era tan… normal. Tan diferente de la pesadilla en la que vivía.
Se acostó en la habitación de huéspedes, pero el sueño no llegaba. Cada vez que cerraba los ojos veía esos ojos negros mirándola.
A las dos de la mañana, sintió que el aire se enfriaba de nuevo.
Kael estaba sentado al borde de su cama, observándola en la oscuridad.
—No deberías estar aquí —susurró Valeria, incorporándose de golpe.
—Ni tú —respondió él con calma—. Esta cama no es tuya. Ese hombre no es tuyo. Nada de esto te pertenece ya.
Valeria apretó las sábanas.
—¿Por qué yo? ¿Por qué mi nombre?
Kael se inclinó hacia ella. Su rostro quedó a solo centímetros.
—Porque tu sangre lleva mi marca desde antes de que nacieras. Tu familia selló mi nombre hace siglos… y tú rompiste el sello. Ahora el lazo vuelve a mí. A través de ti.
Ella sintió un escalofrío que no era solo miedo.
—Quiero que te vayas —dijo, pero su voz salió débil.
Kael sonrió con esa mezcla de ternura y peligro que la desarmaba.
—No hasta que aceptes lo que eres. —Le rozó la mejilla con dos dedos, justo sobre la marca—. Cada noche que pasa, estás más cerca de pronunciar mi nombre otra vez. Y cuando lo hagas… serás mía para siempre.
De repente, la puerta de la habitación se abrió.
Mateo apareció en el marco, con el cabello revuelto y cara de sueño.
—¿Val? Escuché voces otra vez…
La cama estaba vacía. Kael había desaparecido.
Valeria se quedó mirando el espacio donde él había estado, con el corazón desbocado.
Mateo la miró preocupado.
—Estás temblando. Ven, te preparo algo caliente.
Ella se levantó, pero antes de salir de la habitación, escuchó un susurro solo para sus oídos:
—Escoge bien, Valeria Solís. Porque la próxima vez que me llames… no me iré tan fácil.
Valeria siguió a Mateo hasta la cocina. Se sentó en la barra mientras él calentaba leche en una olla. El silencio entre ellos era pesado, pero cómodo. Él no preguntaba más, solo la cuidaba en silencio.
—Bebe esto —dijo, poniéndole una taza humeante enfrente—. Te ayudará a dormir.
Ella tomó la taza con las dos manos. El calor le calmó un poco los nervios.
—Gracias —susurró—. Por todo.
Mateo se apoyó en la encimera frente a ella, observándola.
—No tienes que agradecer. Solo… déjame ayudarte. Sea lo que sea que te está pasando, no estás sola.
Valeria bajó la mirada. Quería creerle. Quería contarle todo. Pero las palabras se le quedaban atascadas en la garganta.
En ese momento, sintió un leve ardor en la mejilla. La marca. Kael estaba cerca, aunque no se mostrara.
Mateo frunció el ceño.
—¿Qué te pasó en la cara? Tienes como… una sombra.
Ella se tocó instintivamente la mejilla.
—Nada. Un golpe tonto en la biblioteca.
Él no pareció convencido, pero no insistió. Terminó su propia taza y la acompañó de vuelta a la habitación.
—Llámame si necesitas algo. Estoy al lado.
Cuando Mateo cerró la puerta, Valeria se metió bajo las sábanas. Apagó la luz. La oscuridad la envolvió.
Y entonces lo sintió.
Kael no estaba en la habitación… estaba dentro de su mente.
—Buena elección —susurró su voz grave y seductora—. Refugiarme en los brazos de otro hombre. ¿Crees que eso me detendrá?
Valeria apretó los ojos con fuerza.
—Déjame en paz —pensó, sin atreverse a hablar en voz alta.
—Nunca —respondió él, y su risa resonó dentro de su cabeza—. Cada vez que piensas en mí, me haces más fuerte. Cada vez que sientes miedo… me invocas.
El ardor en su mejilla se extendió por todo su cuerpo. Una oleada de calor la recorrió, mezclada con algo que no quería nombrar.
—Vete —suplicó mentalmente.
—Dime mi nombre, Valeria. Solo una vez más. Y te daré la paz que tanto buscas.
Ella se mordió el labio hasta sentir el sabor metálico de la sangre.
—No.
La presencia de Kael se hizo más intensa, como si estuviera acostado a su lado, aunque Mateo dormía en la habitación de al lado.
—Entonces sufrirás cada noche hasta que te rindas. Y cuando lo hagas… ni ese policía podrá separarte de mí.
Valeria se tapó la cabeza con la almohada, temblando.
La noche apenas empezaba. Y ella ya sabía que Kael no pensaba marcharse hasta conseguir lo que quería.
Su nombre.
Su alma.
Y a ella.