Doscientos sesenta años después de que Lucía rompiera el ciclo, el Jardín de las Diez Generaciones se había convertido en un lugar casi mítico. Ya no era solo un jardín ni una biblioteca. Era un símbolo vivo de lo que la humanidad podía lograr cuando elegía el perdón sobre el rencor.
Valeria Rivera Solís, de setenta y nueve años, caminaba con pasos lentos pero seguros por el sendero de grava blanca. A su lado iba su tataranieta Johanna, de treinta y tres años, quien ahora dirigía la fundación i