Doscientos setenta años después de que Lucía rompiera el ciclo, el Jardín de las Diez Generaciones ya no pertenecía a nadie y, al mismo tiempo, pertenecía a todos. Se había convertido en un lugar sagrado para la humanidad, un espacio donde personas de todas las culturas, religiones y heridas llegaban en busca de lo que las rosas blancas representaban: la posibilidad real de sanar.
Lucía Rivera Solís, de ochenta y dos años, caminaba con lentitud pero con una dignidad profunda por el sendero prin