La rosa negra se erguía imponente en el centro del Rincón de los Tres, como una herida abierta en medio de la blancura que siempre había definido aquel espacio sagrado.
Lucía subió las escaleras del sótano casi corriendo, con el corazón latiéndole en la garganta. Su madre la seguía unos pasos atrás, pálida y visiblemente afectada. Cuando llegaron al rincón y vieron la rosa negra, ambas se detuvieron en seco.
—Dios mío… —murmuró Valeria Rivera.
La rosa no era simplemente negra. Tenía un brillo e