Era la mañana del octavo día.
Lucía abrió los ojos en su cama y supo inmediatamente que algo estaba mal. Muy mal.
El lado izquierdo de su cuerpo no respondía. Cuando intentó mover el brazo, este se levantó solo, sin su permiso, y los dedos se cerraron en un puño lento y deliberado que no era suyo.
—Buenos días —susurró Victoria dentro de su cabeza, con una voz que sonaba más cercana que nunca—. ¿Notas algo diferente?
Lucía se levantó de golpe y corrió al espejo del baño. Lo que vio le heló la s