Era 17 de octubre.
Exactamente veinte años habían pasado desde la noche en que Valeria desapareció en el sótano de la biblioteca.
Mateo se despertó antes del amanecer, como siempre lo hacía ese día. Se levantó con cuidado para no despertar a Johanna y salió al patio trasero. El aire estaba fresco y el cielo comenzaba a clarear.
Se sentó en su vieja mecedora y miró hacia el horizonte en silencio. Esta vez no había tristeza en su rostro, solo una profunda serenidad.
—Veinte años… —susurró para sí