Diez años después del ritual final.
Mateo había cumplido 52 años. Su cabello ya tenía más canas que negro, pero sus ojos conservaban esa mezcla de fuerza y calma que había ganado después de tanto sufrimiento.
Esa mañana de otoño, mientras caminaba hacia la biblioteca, sintió algo que no había sentido en casi una década: una presencia fría, lejana, pero inconfundible.
Se detuvo en medio de la calle y miró hacia el bosque que rodeaba el pueblo.
No vio nada.
Pero lo sintió.
Kael.
No era fuerte. No