La biblioteca estaba llena de vida.
Lucía, con treinta y tres años, caminaba entre las estanterías del segundo piso observando cómo los niños del pueblo participaban en el taller de lectura que ella misma había creado. Su cabello largo estaba recogido en una trenza desordenada y la pequeña rosa blanca en su muñeca brillaba cada vez que la luz del sol la tocaba.
—Señorita Lucía, ¿nos cuenta otra vez la historia de la rosa que cambió de color? —preguntó una niña de ojos curiosos.
Lucía sonrió con