En una bodega abandonada a las afueras de la ciudad, el sonido de los ventiladores industriales resonaba entre las paredes de metal corroído. La única fuente de luz provenía de varias pantallas que parpadeaban, mostrando líneas de código en constante movimiento.
Una figura encapuchada estaba sentada frente a una serie de monitores, sus dedos tecleaban con precisión, como si cada comando estuviera perfectamente calculado. En una de las pantallas, aparecían los sistemas de seguridad de Santacruz