La lámpara colgaba del techo como un ojo implacable que lo observaba todo. En la habitación apenas cabían los tres. Las paredes eran de concreto desnudo, y el aire olía a humedad, óxido y desesperación.
La doctora permanecía sentada en una silla metálica, amarrada de pies y manos con correas de cuero. Su ropa estaba salpicada de sudor y pequeñas manchas de sangre seca donde la cuerda había lastimado su piel. Tenía la cabeza erguida, los labios apretados, la mirada fija al frente con una mezcla