José Manuel la miraba fijamente. Su rostro, endurecido por el rencor y la desesperación, apenas mostraba signos de compasión. A su lado, Daniel mantenía los brazos cruzados, expectante. La habitación seguía en silencio, con esa tensión espesa que asfixiaba.
—Vas a repetir todo lo que dijiste —ordenó José Manuel, con voz firme—. Sin omitir nada. ¿Quién te dio la orden? ¿Cómo fue?
La doctora tragó saliva. Tenía el rostro bañado en sudor, sus muñecas marcadas por las amarras. Las manos le temblaba