El silencio que los abrazaba seguía siendo cómodo, casi sagrado. Eliana aún tenía la cabeza apoyada en el hombro de José Manuel, y él no se movía, como si temiera romper la delicadeza del momento. No hacía falta hablar. El calor compartido bastaba. El eco de lo que fueron, y lo que tal vez estaban empezando a ser otra vez, llenaba el aire con una tibieza que dolía… pero también reconfortaba.
Pero Eliana no podía quedarse ahí mucho más. No sin decir lo que llevaba dentro.
Se enderezó despacio, s