José Manuel, de pie, con el cabello algo despeinado, una camisa remangada hasta los codos y una expresión que oscilaba entre el nerviosismo y la ternura.
Eliana dudó.
Pero solo un segundo.
Abrió la puerta.
—Hola —dijo él, bajando la mirada al verla. Su voz sonó más ronca de lo habitual.
—Hola —respondió ella, sin moverse del marco.
Él vaciló, mirándola con atención.
—Vine un poco antes… pensé que tal vez no les molestaría.
—Estábamos por desayunar.
Silencio.
Ella hizo una pausa larga. Luego res