La habitación estaba en penumbra, apenas iluminada por la luz cálida que se filtraba desde el pasillo. Afuera, el viento mecía las ramas de los árboles, y el silencio parecía haberlo cubierto todo con una manta invisible de paz.
Eliana estaba recostada de lado, con Samuel pegado a su pecho, dormido profundamente. Su respiración era pausada y cálida. La forma en que el pequeño se había enredado entre sus brazos, con la mejilla apoyada en su clavícula, la hacía sentir como si ese momento hubiera