Eliana sostenía la tarjeta entre sus dedos con la delicadeza de quien acaricia un recuerdo. Las palabras escritas con letras desordenadas, los dibujos de corazones mal trazados y la frase final: “No estés triste, yo puedo hacerte feliz”, le atravesaron el alma como una oleada tibia… y dolorosa a la vez.
Sus ojos se nublaron. Por más que trató de contener las lágrimas, una rodó silenciosa por su mejilla. Eliana no sabía cómo explicarlo, pero ese pequeño gesto había tocado justo donde aún dolía: