La tarde caía lenta y suave por las ventanas del comedor. El almuerzo había sido tranquilo, lleno de pequeñas risas compartidas y conversaciones sin apuro. Gabriel dormía en el sofá, envuelto en una cobijita, con un mechón de cabello rebelde sobre la frente y los brazos abiertos como si aún soñara con dragones o aventuras en el parque.
Eliana terminó de recoger los platos con movimientos lentos, casi ceremoniosos. A pesar de la aparente paz, su mente se agitaba como un río subterráneo. Estaba a