La tarde avanzaba despacio, como si el tiempo quisiera regalarles un respiro, una tregua entre tanta incertidumbre. Eliana, María José y Gabriel caminaban juntos por la acera iluminada por un sol suave, casi tímido. A lo lejos, la heladería de esquina parecía esperarlos como una promesa simple y acogedora, con su toldo azul y blanco y la campanita oxidada que tintineaba cada vez que alguien entraba.
—Tengo antojo de algo dulce —dijo Eliana con una sonrisa relajada.
—¿Más dulce que tú? —bromeó M