El aroma de las rosas impregnaba la sala como una caricia suave. Había ramos en cada rincón: blancos, rojos, rosados. Cada flor parecía un símbolo de amor, de esperanza, de segundas oportunidades. María José caminaba lentamente por el pasillo, con una bata ligera y una sonrisa que, aunque cansada, era genuina. La felicidad de volver a casa le iluminaba los ojos, y a su lado, Gabriel no dejaba de abrazarla.
—¡Mami, mami, mira las flores! —gritaba el niño, tomando su mano—. ¡Hay muchas! ¿Las pusi