Eliana despertó sobresaltada.
No había tenido una pesadilla. Tampoco un sobresalto físico. Era algo más profundo, más visceral. Como si una puerta, en algún rincón olvidado de su mente, se hubiese abierto de golpe.
Se sentó en la cama, respirando agitadamente. Andrea, que dormía en el sillón, se incorporó de inmediato.
—¿Eliana? ¿Qué pasa? ¿Te sientes mal?
Pero Eliana no respondió. Sus ojos estaban fijos en la nada, y poco a poco comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Andrea… —susurró—. Lo recuerd