Isaac permanecía sentado junto a la cama, con la mirada fija en el rostro sereno de María José. Aún no hablaban mucho, pero solo el hecho de verla respirar sin dificultad, de sentir su mano tibia, era suficiente para llenar su pecho de gratitud. Acarició sus dedos, se inclinó hacia ella y le susurró:
—Voy a hacer una llamada. Te prometí que no estarías sola.
Salió al pasillo y respiró profundo. Tenía el celular entre sus dedos temblorosos y el corazón vibrando de emoción. Marcó el número de Eli