La noche avanzaba con lentitud sobre la casa de Eliana. Afuera, el viento apenas movía las cortinas que colgaban pesadas y quietas como el ambiente dentro de la habitación. Samuel dormía profundamente a su lado, acurrucado como un pequeño ovillo cálido que le transmitía una paz frágil, inestable. Pero a pesar del silencio, Eliana no podía dormir.
Llevaba un buen rato con los ojos clavados en el techo, la mente atrapada en un torbellino de pensamientos sin sentido. Se removía suavemente, procura