Amanda ajustó el último botón de su blusa frente al espejo pequeño que había sobre la cómoda.
La habitación que Rebeca le había dado no era grande —cama individual, una mesita y un armario que crujía cuando se abría— pero era lo más parecido a un respiro desde que su vida se volvió un incendio ambulante.
Se acomodó el blazer, respiró profundo y soltó el aire despacio. Su estómago parecía una zona de guerra del puro nervio… y cierto recuerdo inconveniente.
Ethan, en el auto anoche.
Ethan dicién