Nunca se lo iba a perdonar.

Amanda revisaba por última vez unos documentos en su despacho, cuando la puerta se abrió con un toque discreto y la empleada de la casa apareció.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

—Está todo listo, señora Rivas —dijo Cecilia entrando con las manos juntas detrás de la espalda. —El patio quedó precioso.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

—Gracias, Cecilia. Y por enésima vez, no me digas señora, me envejeces el alma. En un momento estoy con ustedes.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

—Sí, Amanda, con permiso.‏‏‎‎‏‏‎‎
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