El taxi la dejó frente a la torre de vidrio como si fuera un templo al que había jurado volver. Amanda respiró hondo, sintió que el aire de Miami era más caliente que el sábado, y trató de ignorar el latido torpe que llevaba en el pecho desde que abrió los ojos esa mañana.
Era lunes.
Su primer día.
Y aunque la lógica decía que debía estar emocionada, lo que sentía era una mezcla desordenada de nervios, duda y un extraño presentimiento que no sabía si quería interpretar.
Vestía un pantalón negro